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    Internacional

    Urnas abiertas en Colombia, frontera cerrada con Venezuela

    11 marzo, 2018
    Migrantes venezolanos atraviesan la frontera entre Colombia y Venezuela, antes de su cierre.

    Las elecciones legislativas que se celebran hoy en Colombia han provocado una víctima colateral: los venezolanos que cruzan la frontera para conseguir alimentos y medicinas en Cúcuta. Migración dice que 35.000 personas hacen este trayecto a diario y el 80% de ellas vive en Venezuela. El paso permanece cerrado desde el jueves para evitar «problemas de orden público» durante la consulta.

    El padre italiano Francesco Bortignon ha visto muchas desgracias en su vida pero el éxodo masivo desde Venezuela las supera todas. «Durante los últimos meses ha estallado una crisis humanitaria, ¿quién se va a hacer cargo de esta gente?», pregunta en su parroquia en esta ciudad fronteriza del noreste de Colombia.

    En febrero el presidente Juan Manuel Santos se trasladó a Cúcuta, donde reconoció que se enfrenta a «un problema nuevo» y pidió ayuda a Naciones Unidas. Bortignon habla de un aumento en el gasto público en salud y educación para atender a los migrantes que Colombia no puede asumir. «Somos solidarios con los hermanos venezolanos, pero su atención debe hacerse de manera controlada», dice.

    El Gobierno colombiano asegura que hay 700.000 venezolanos con intención de permanencia pero asociaciones de derechos humanos creen que la cifra real supera el millón.

    Francesco Bortignon compara la situación actual con los peores años de la guerra en Colombia a finales de los 90, cuando los desplazados por la violencia se arremolinaron en las comunas 6 y 7. Hoy son los venezolanos los que se refugian en esta zona marginal de Cúcuta. Allí llegó el religioso en 1996, tras una década de misión en Caracas. En aquellos años fue testigo de cómo los cucuteños cruzaban a Venezuela (entonces el vecino rico) para comprar artículos de lujo y gasolina.

    «Es duro reconocerlo, pero no podemos atender a todos. Es inhumano: nos vemos obligados a elegir a aquellos que tienen más cara de hambrientos», explica el padre, que pertenece a la congregación católica scalabriniana, especializada en ayuda a inmigrantes y exiliados políticos. En su zona de influencia viven unas 30.000 personas (entre ellos, unos pocos miles de venezolanos, pero la cifra aumenta cada día). Ofrecen un lugar para dormir, alimentación y asesoramiento y tienen un centro de acogida en el barrio Pescadero para 200 personas. «Por desgracia, estas medidas son temporales», lamenta.

    El problema se agudiza con los niños: cerca de la mitad de los venezolanos que llegan a su comunidad en Cúcuta son menores de 18 años. Bortignon da clases gratuitas a los jóvenes en sus escuelas y sirve almuerzos en el comedor de la parroquia. «La Alcaldía no hace nada, incluso ha recortado el gasto en alimentos escolares. La única ayuda viene de la propia comunidad y de las organizaciones humanitarias».

    «Nos miran como si fuéramos mendigos»

    Cúcuta es el destino de los venezolanos que lo han perdido todo. Los más afortunados se van a trabajar a ciudades como Bucaramanga, Medellín y Bogotá o se marchan a Perú, Chile y Ecuador. Los que se quedan aquí es porque algo salió mal. En las calles se ven mujeres con sus bebés al hombro pidiendo alguna moneda, jóvenes escuálidos que limpian los parabrisas de los coches en los semáforos, viejitos en puestos informales donde venden arepas y jugos… Son venezolanos.

    «Los colombianos nos miran como si fuéramos mendigos», dice Fredy Gutiérrez, de 37 años, que ha llegado a Cúcuta tras una travesía desde Barquisimeto, su ciudad, al oeste de Venezuela. «Llegas destrozado de moral, hay que soportar filas, burocracia, que se rían de ti». Allá era chófer, tenía coche y casa, esposa y un hijo de nueve años, que están «esperando a que su ‘papi’ les mande dinero». Dejó su patria por la inseguridad, harto de la política, pero la razón principal fue el hambre.

    Fredy asegura que buscará trabajo en lo que sea (muchos de sus compatriotas son explotados en Colombia por sueldos de apenas 30 euros al mes, algunas jóvenes optan por la prostitución), aguantará un tiempo hasta que acumule lo suficiente para volver. «Nadie quiere abandonar para siempre su país», dice, convenciéndose de ello. Todo el dinero que pudo reunir para sobrevivir estos primeros días en Colombia son 200.000 bolívares. Está furioso: con el cambio de moneda apenas ha recibido 20.000 pesos colombianos (seis euros).

    Todavía hay dignidad y orgullo en su mirada. Muchos de sus compatriotas en Cúcuta han perdido la esperanza tras varios días sin encontrar trabajo. Cada noche, decenas de venezolanos se agrupan para dormir juntos en plazas céntricas e iluminadas. Tienen miedo de que les ataquen, les acusan de ser responsables de un aumento de la inseguridad en la ciudad.

    «Son las autoridades las que deben comprometerse o el problema se convertirá en una tragedia», advierte Francesco Bortignon. Cuando se reanude el paso fronterizo este domingo a las cuatro de la tarde, tras cerrarse los colegios electorales, volverá el tránsito de venezolanos al país vecino.

    Internacional

    La lucha de las mujeres contra el acoso callejero en Marruecos

    8 marzo, 2018
    Dos hombres reaccionan al ver bolsos con mensajes feministas en Tánger.

    Hajar explica que se ha dejado el flequillo al estilo Tokio, una de las protagonistas de la serie española «La casa de papel», que está causando furor en Marruecos. «Es una mujer fuerte, guerrera y libre. Y eso me encanta», añade esta veinteañera desde su piso en Tánger. Acaba de regresar de un coloquio sobre feminismo que organiza todas las semanas en un bar de la ciudad. El último debate se ha centrado en decidir si ella y sus amigas van a manifestarse en el Día de la Mujer. Al final han declinado la idea por miedo a que la policía las detenga. «Estamos cansadas de tener que salir a la calle con los auriculares puestos para no escuchar las barbaridades que nos gritan los hombres por no ir tapadas hasta el cuello», cuentan.

    En Tánger también viven las españolas Ana Albarrán (trabajadora social) y Joana Fernández (educadora social). Ellas tienen a la venta una colección de bolsos, TanjArt, hechos a mano con telas africanas. Hace unos meses tuvieron una idea bastante rompedora: añadir a sus bolsos frases en dariya (árabe dialectal) contra el acoso a las mujeres en Marruecos. «¡Qué miras! Métete en tus asuntos»; «Respétame, soy igual que tú», son algunas de las expresiones que aparecen en su colección. «El acoso es una situación de desigualdad en la que se toma el cuerpo de la mujer como un mero objeto decorativo. Somos muchas las mujeres que lo sufrimos a diario. No queremos que nos hablen ni que nos persigan. Solo queremos poder salir tranquilas a la calle«, afirman Ana y Joana.

    La famosa artista Rabia Franoux sacó también hace un mes una línea de camisetas con mensajes reivindicativos contra el acoso hacia las mujeres. «Sé que muchas tienen miedo de responder cuando un hombre les dice algo y llevar esta camiseta las permite reaccionar sin tener que hablar», explica Rabia.

    Otra emprendedora marroquí, Safaa el Jazouli, puso en marcha hace unas semanas una aplicación de móvil que indica a las mujeres qué cafés y establecimientos pueden visitar sin sentirse acosadas. En Marruecos, sobre todo en los barrios de las Medinas, si una mujer se sienta sola en una cafetería, tiene muchas posibilidades de que alguna persona se le acerque y la increpe. No hay que olvidar que, según datos de la ONU, dos de cada tres mujeres marroquíes han sufrido algún tipo de agresión en espacios públicos. La aplicación creada por Safaa se llama Finemchi (¿Dónde vas?) y las usuarias pueden puntuar los bares según su experiencia.

    En febrero, el Parlamento marroquí aprobó una ley de lucha contra la violencia de género. Por primera vez en la historia de Marruecos se criminaliza el acoso sexual a las mujeres en la vía pública con penas de prisión que pueden llegar hasta los seis meses y multas de hasta 60.000 dirhams (5.500 euros). Una normativa que se ha estado debatiendo durante cinco años, enfrentando las diferentes posturas entre los islamistas, moderados y liberales. En cambio, las asociaciones en defensa de la mujer denuncian que aún necesitan una legislación más completa que las proteja.

    «Hay un problema de base, de educación»

    «Poco a poco estamos avanzando en muchas cuestiones respecto a la violencia contra la mujer. Pero hay un problema de base, de educación, desde las escuelas hasta en la policía que escucha las denuncias de estas mujeres», afirma Ghizlane Maamouri, representante del Partido del Progreso y Socialismo (PPS) en Tánger, uno de los seis partidos que gobiernan en coalición. «La realidad es que en Marruecos se sigue tratando el cuerpo de una mujer como si perteneciera a toda la sociedad«, añade la socióloga Sanaa El Aji.

    El periodista Hicham Houdaïfa acaba de publicar un libro (Las olvidadas del Marruecos profundo) en el que narra todas las dificultades y barreras que se encuentra una mujer marroquí a lo largo de su vida. «Las asociaciones feministas cada vez están más activas en Marruecos y ahora están despertando más movimientos, dirigidos por mujeres jóvenes, que prosperan con éxito en las redes sociales», explica Hicham. «Una gran parte de este movimiento exige una reforma del Código de la Familia (Mudawana), que sigue siendo desigual para las mujeres. Y es lo mismo para el Código Penal o las leyes que rigen la herencia».

    Una de las referentes en el feminismo dentro del reino alauí es la ex política y artista Khadija Tnana. Siempre ha combatido por la igualdad de género. Por ello llegó a entrar en la cárcel durante el reinado de Hassan II. Hoy, Khadija, a sus 73 años, vuelve a ser noticia porque el Ministerio de Cultura le ha censurado una de sus obras en una exposición en el Centro de Arte Moderno de Tetuán. En un mural había pintado 246 manos de Fátima con distintas posturas sexuales del Kamasutra silueteadas dentro de las manos.

    La indignación feminista cada vez está más presente en todo el reino, aunque, como dicen las jóvenes de Tánger, aún les quedan miles de batallas que ganar. «No podemos andar tranquilas. Lo hombres nos ven como un objeto sexual, creen que tienen derecho en hacer con nosotras lo que quieran. Vivir así es muy duro».